Expresiones Orales

LA MADREMONTE
Desde las montañas que bordean al Río Grande de Colombia, baja el grito desolador de la Madre monte que cuida la naturaleza. Los leñadores temen a ese espíritu que provoca tormentas y que se traga a los hombres que tumban árboles. Se escucha primero un quejido profundo que atrae al perturbador del monte.

Lo sigue guiando hasta que la encuentra por ahí, enredada entre fuertes bejucos y cubierta de hojas que al quitarlas, muestran el cuerpo desnudo de una hermosa mujer que apenas mira con timidez. Me contó Carlos, el sobrino de mi compadre Pedro, que el viejo se la llevó a la enramada, la cubrió con una cobija de lana y la acostó en el zarzo.

Que despertó cuando sintió unas gotas calientes, gotas de sangre, de su tío que estaba siendo devorado por un monstruo de tupidas enredaderas, ojos brillantes, cortantes uñas y larguísimos colmillos. Si usted se atreve a romper la armonía del monte, es mejor que lleve la medalla bendita o que se arriesgue a perderse por siempre entre el follaje cómplice en donde nacen las quebradas, los vientos y las lluvias.

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LA PATASOLA
La Patasola aparece de tumbo en tumbo, entre la espesura de los montes oscuros, odiando a los hombres, y conquistándolos con su bella figura para devorarlos por la pena que carga Me contaron por los lados de “La Puerta del Viento”, que un hombre encontró a su amada siéndole infiel con su mejor amigo.

Le cortó una pierna, se la entregó a su amante; a ella se la llevó a lo profundo del monte. Allá en donde poco entra el sol, La dejó abandonada para que pagara su culpa con la muerte lenta. Ella no murió y se transformó en un ser con garras de oso y larguísimas manos que se convierte en hermosa mujer cuando un trasnochador, borracho infiel, regresa a su hogar, luego de largas jornadas en los bares de los pueblos, para conquistarlo y arrastrarlo hasta su muerte segura. Las aves temen a ese enredijo de bejucos, arañas y serpientes.

Por eso, cuando pase por lo más cerrado del camino, está atento al silencio sospechoso que produce su presencia. Acelere el paso y rece en voz alta, esas oraciones que le enseñaron sus abuelos cuando era la hora de soñar con el otro día.

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LOS DUENDES

Las casas campesinas que miran al río o que se agarran de las montañas, han sentido en sus techos las piedras que les tiran los duendes. Yo he visto esos hombrecillos morenos de gran sombrero, que se enamoran con frecuencia de las vírgenes menores de quince años. Las cortejan con flores y con regalos que consiguen en la naturaleza.

Persiguen a las aldeanas de cabellos largos y talle esbelto. Si ellas no les paran bolas, les hacen imposible la vida, escondiéndoles las pertenencias, rasgándoles los vestidos, regándoles basuras donde ya dejaron limpio o tirándoles porquerías a los alimentos. A los niños se los llevan a los ríos, los trepan a los árboles y a las altas rocas.

Si usted ve a su hijito mirando a lo lejos, divertido con algo que ve por allá, es que le están haciendo monerías que lo hacen reír a carcajadas. Estos pequeños enamorados, provocan grandes confusiones entre los campesinos que van al Cura o al tiple destemplado al son de las vacas, para desterrarlos y evitar que su hija termine poseída por ese espí¬ritu juguetón.

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Fecha de publicación 04/06/2017
Última modificación 04/06/2017